martes, 30 de octubre de 2012

Reflexiones sobre Agustín de Hipona


Agustín de Hipona, llamado el Platón Cristiano, no es sino un sinfín de barbaridades e irracionalidad ilimitada. Se desconoce, incluso hoy en día, el poder de la razón en ámbitos intelectuales y Agustín ignoraba por completo, o eso parecía, la potestad de la razón e inteligencia humana. La razón, como cúspide máxima de la evolución, la capacidad lógica, de entendimiento, de dudar, la capacidad de pensar e interrogarse sobre sí mismo y sobre el mundo logra que el hombre alcance un conocimiento pleno y muy certero del mundo que le rodea; el resto es un aborto y algo nada confiable, me refiero con esto a la fe. La fe por sí misma no ha demostrado nada, nada además de la ignorancia humana, ignorancia aún más arraigada en aquellos quienes hacen uso de esta.
Sin embargo tampoco hay que quitarle todo el valor a la fe; ha sido un fiel instrumento de las personas a la hora de darle una explicación a lo que desconocen, explicación sencilla, irracional e ilógica, pero al fin y al cabo explicación. La pereza conlleva a la fe, la ignorancia conlleva a la fe, el no querer buscar el conocimiento conlleva a la fe. La fe explica lo que el hombre no ha podido comprender (aún). La investigación filosófica y la fe es una contradictio in adjecto –contradicción en los términos-, cosa que Agustín pretendía ignorar. ¿Acaso Anaximandro, Parménides, Heráclito fundamentaron su doctrina filosófica en los dioses? ¿Será que en algún momento Platón dijo “Y hay dos mundos, el mundo de las ideas y el mundo de los sentidos porque los dioses así lo quisieron”? Absolutamente no. Fundamentar la investigación filosófica en la fe es algo tan contradictorio como… ¡un momento! Creo que no hay nada que se contradiga más que eso.
Agustín afirma “Yo deseo conocer a Dios y el alma, ¿nada más? Nada más absolutamente”. Pobre Agustín, supongo que en su época no se habían empezado a escuchar los rumores, los murmullos, ni tan siquiera los susurros de aquellos que sabían (y saben) que Dios había muerto y que permanecía muerto.  ¿Cómo conocer algo inexistente? Es decir, Dios. Sin embargo no podríamos culpar del todo a Agustín en este ámbito pues es de saberse que su contexto histórico le había influenciado fuertemente para que creyese en un Dios vivo –y no pútrido como lo estaría en ese tiempo-; sin embargo denota cierta peculiaridad que se le puede atribuir fácilmente a la masa ígnara y limitada de razón: “Yo deseo conocer a Dios y el alma (…) Nada más absolutamente”.  ¿Agustín de Hipona fue filósofo? ¿Dónde? Filósofo que no quiso conocer más que a Dios y al alma –y aún peor: inexistentes… bueno, si es que la definición de filosofía se da por el amor a la sabiduría (o conocimiento).    
Quizás el mayor pecado de Agustín fue el confiar y el tener  fe en un Dios sin que antes haya querido estar seguro de la existencia del mismo. Por tanto pasa con San Agustín algo que ocurriría con cualquier fanático religioso en la actualidad (mi abuela, por ejemplo): si le pregunto: ¿cómo puede algo perfecto crearnos a nosotros, seres imperfectos? ¿No determinaría eso una condición de imperfección?; a lo que él respondería: Dios es todo poderoso y hace cosas que no están al alcance de nuestra mente. O si le pregunto: ¿cómo puedo yo, algo finito, abarcar algo infinito que es Dios? (Sustentados en la afirmación Agustiniana que dice que Dios es la verdad, que Dios está en mi interior y que por tanto debo buscar en mi interior para encontrar la verdad), a lo que Agustín me respondería: Dios puede hacer cosas imposibles.
No todo en Agustín es malo, así lo parezca. Propuso una solución interesante al problema del tiempo antes de la creación. ¿Qué hacía Dios antes de la creación? –le preguntaría cualquiera. Él respondió que antes de la creación no había tiempo, por tanto no es válida la pregunta. Dios creó el tiempo y el espacio juntos, pero decir creó conlleva a pensar que hubo un antes de la creación, es decir, un momento al crear. Para San Agustín solo es un problema de palabras puesto que no podemos entender qué significa que no haya tiempo ni espacio y mucho menos entender cómo se creó de un momento a otro, lo que nos llevaría a pensar que la creación es infinita pues se creó al tiempo que con el tiempo. Pero de nuevo la fe explica lo que San Agustín no pudo explicar, es como si jugara a la ruleta rusa: intentaré explicar esto o aquello y si fallo, le daré el poder a la fe.
¿Por qué no dudó Agustín de Dios? Quizá por su odio enfermizo en contra de los escépticos y por su obsesión de quererles refutar todo. Si Agustín hubiese usado un poco más la razón para, por lo menos, argumentar la existencia de un ser divino, no habría tanto problema. Sin embargo no dudó por miedo, por temor al castigo, ¿acaso lo consideraba como un pecado? Que no se enoje Dios porque dudamos de él, por algo nos dotó de inteligencia. 
Cristian David Rincón

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