Muchos afirman que
solamente fue un sueño. Muchos otros aseguran estar convencidos de que todo fue
simples alucinaciones de don Ignacio Da Silva, víctima y victimario del delito;
suponiendo, claro, que tal suceso pueda ser considerado como un delito. Sin
embargo, la frialdad y la perfecta elocuencia con la que narra sus “alucinaciones”
es asombrosa.
Habían
transcurrido, cuenta él, dos o tres semanas desde que la crisis cafetera del
sur de Brasil terminó, La cosecha del fruto marrón empezaba a prosperar de
nuevo y Don Ignacio, por fin, se había desecho de Gerardo Antonio, un
alimentado que había llevado a casa para subsanar en algo los gastos de la
finca. Era un canalla y don Ignacio nunca lo quiso; esperaba hasta altas horas
de la noche para usar su máquina de escribir
y encender la radio no dejando dormir al pobre viejito de Don Ignacio.
Su esposa había
muerto hacía cinco años en un accidente aéreo mientras viajaba hacia San Gil,
una bella ciudad del noreste colombiano donde vivía una hermana suya. Se cree
que el piloto y el co-piloto habían bebido antes de subirse al avión; se cuenta
también que, luego de ver el desastre ocasionado por él, decidió suicidarse al
lado de su compañero muerto.
Don Ignacio se
encontraba ya solo y, cuenta él, una noche llegó de sus cultivos y escuchó
ruidos en lo que era la habitación de su antiguo alimentado.
-
Este
pendejo no me devolvió las llaves de la finca – pensó para sí Don Ignacio,
cuenta él.
En todo caso dice
que agarró el cuchillo con el que solía matar marranos y salió a su encuentro.
Dice él que cuando despertó recordaba todo perfectamente, convencido de que
todo había ocurrido realmente y que no era, como dicen muchos, un simple sueño.
Dice él que cuando
asestó la puñalada en la espalda del canalla, su rostró giró y vio su propio
rostro. Él se había apuñalado a sí mismo. Y termina él siempre su historia
diciendo:
- Si hubiera sido un
sueño, no tendría esta cicatriz en la espalda – y se gira.
Le falta una pizca de sabor!
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