“¿Cómo
podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?” ¿Cómo mejorar sin destruir
todo lo pasado? ¿Cómo ser alguien sin, al mismo tiempo, haber renunciado a
todo? ¿Cómo entender la importancia de lo que se tiene sin antes no haber
tenido nada?
“Siempre
me he caracterizado por ser humilde” –digo yo, mientras mis conocidos ríen a
carcajadas. Más, ¿la vida no es para eso? Para reír a carcajadas.
En mi
época pueril, mientras estaba en la escuela y en la mayor parte del colegio, me
caractericé por ser el niño “reprimido”, aquel que permanecía solo y que solo
entablaba conversación con una, máximo dos personas. Mi vida era, en aquel
entonces, un pandemónium de soledad y tristeza. Era el niño tímido, el que jamás
hablaba en público. ¡Ay! ¡Y qué decir de mi vocecita! Además de mis orejas, era
lo que más me acomplejaba: los que me conocían en aquel entonces saben a qué me
refiero.
Sin embargo no es mi objetivo contar mi vida, no es mi objetivo desprender
lástima en los lectores, ni mucho menos convertir esto en una historia de auto-superación.
Los que
hoy en día me conocen, saben que he cambiado demasiado. No fue un psicólogo, no
fue una religión y no fue Dios. ¡Dios jamás hubiera querido convertir una
ovejita mansa en una rebelde! Es lo suficientemente manipulador como para eso.
El mérito de una vida como la que llevo -me refiero a una vida liberal,
apasionada, racional, despreocupada, placentera y, sobre todo, ególatra- no
debe dársele sino a una sola persona: a mí mismo. Con esto, mi egocentrismo no
carecería de argumento. ¡He logrado resurgir de las cenizas sin que, ni siquiera,
el mismísmo Dios interviniera! No hay, con esto, mayor prueba de mi
majestuosidad. Lo que he logrado no es tarea fácil, lo que de mí se produjo
solo lo producen los, citando a Fritz, “exceptional beings”.
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